12 de mayo de 2009

De mejor calidad

Ernest Blouch era asesino en serie lo mismo que otros son carteristas o testigos de Jehová: por ociosidad. Creía que asesinar a una mujer al día daba sentido a su pobre vida. Y cuando digo pobre, hablo tanto de miseria material como espiritual. Ernest tenía tan poca cultura como dinero. Cuando decidió amueblar el vacío de su existencia no se le ocurrió otra idea que el asesinato en serie. Asesinatos de mujeres, porque resultaba más fácil y porque era algo que a él, que nunca había tenido el menor éxito con el sexo femenino, le producía la inexplicable sensación de ser un donjuán. Sus víctimas eran por lo general asistentas en aparcamientos de supermercados, o camareritas de restaurantes tan deplorables como aquel en el que estaba cenando esa noche, solo y deprimido. Visto desde fuera, Ernest Blocuh tenía el aspecto de ser un buen sujeto. Mientras miraba el menú, el camarero le observaba y pensaba: "Pobre hombre; otro desecho de la sociedad. Está claro que nadie se ha interesado nunca por él, que nadie ha intentado ayudarle". Ernest, que no comprendía la razón de su acceso de desaliento, decidió que una botella de tintorro lo arreglaría todo. Pidió vino al camarero, que le trajo la carta. Blouch se irritó:
- ¡No, no quiero ninguno de esos Château-Chorrada que cuestan un ojo de la cara!¡Quiero un tintorro que emborrache!
- Si el señor me permite una opinión, le aconsejo que tome un solo vaso de Burdeos. ¡No le costará caro y lo disfrutará más!
- ¡Otro consejo de rico!
- Todo lo contrario; un consejo de entendido.
Intrigado, Ermest se fió de la sugerencia del mozo de comedor. Y se dio cuenta de que aquel único vaso de Burdeos le había saciado. Cada trago, pausadamente saboreado, le había dejado entrever otro mundo en que la voluptuosidad se elevaba hasta dar acceso a lujos espirituales cuya existencia desconocía. Aquello le hizo reflexionar. Lo que era válido para el vino podía serlo también para el asesinato. "Si mato menos mujeres pero de mejor calidad, sin duda mi vida se volverá menos mediocre". La resolución venía muy a mano; aquella misma tarde, Blocuh no había encontrado nada mejor que estrangular a una vendedora de salchichas asadas en un centro comercial. Al apretar su cuello gordo y rosado, había tenido la desagradable sensación de amasar una mortadela, y dos horas más tarde seguía teniendo un persistente olor a carne de cerdo. "Se acabaron las marranas. ¡A por las orquídeas!", se dijo. Enseguida pensó en Melba Baxter, la célebre supermodelo cuya llegada a la ciudad estaba anunciada para ocho días más tarde. Ernest pasó una semana extraordinaria: pegó por las paredes de su humilde habitación fotos de la bella Melba en todas sus posturas; con ardides de agente secreto, se informó de sus horarios y del hotel en que se hospedaría; pensó en las mil formas de introducirse en su habitación, en la expresión que tendría la supermodelo en el momento de morir...estuvo tan ocupado, que no pensó ni un instante en sus antiguos asesinatos cotidianos. Lo cierto es que algo que había sido para él un pasatiempo tan vulgar como un culebrón televisado había pasado a convertirse en un arte. Toda actividad creadora exige una puesta a punto física, mental y estética. Blouch se preparó con el entusiasmo ingenuo del neófito; durante toda una semana, completó pinturas simbolistas, comió flores de elevado precio, bebió absenta y leyó a Baudelaire y a Wilde; no tenía la cultura suficiente para saber si aquellos autores le gustaban, pero consideraba que sus obras eran el manual de instrucciones para su nueva obsesión. LLegó el gran día. Como por casualidad, Ernest se había convertido en mozo de habitación del hotel en que debía alojarse Melba. Muy entrada la noche, cuando por fin la bella regresó a su suntuosa suite, la esperaba escondido en el cuarto de baño. Ella no se dio cuenta de su presencia y entró a darse una ducha. Él admiró, tras el cristal esmerilado, su desnudez estilizada y grácil. Cuando salió y vio al intruso, no dio aquel grito estridente y ridículo al que le habían acostumbrado las otras mujeres. Le dirigió una mirada fría y sólo dijo: " Márchese". Él no se marchó, pero encontró muy distinguida aquella actitud. El cuello de Melba Baxter era interminable, fino y flexible como el tronco de una palmera joven. Estrangularla fue un momento maravilloso, extraordinario, inestimable, lleno de un gozo que convirtió a nuestro serial killer en un aristócrata del crimen. Y así fue cómo Ernest Blouch accedió a la noble categoría de entendido.

(Este cuento pertenece a Brillante como una cacerola, de Amélie Nothomb)