Corto nominado a los Oscars 2010, francés, por si no se nota...
10 de febrero de 2010
8 de febrero de 2010
Granny O'Grimm Sleeping Beauty
Esta es la breve historia de una dulce abuelita contándole La bella durmiente a su nietecita... (nominado al Oscar al mejor corto de animación 2010)
5 de febrero de 2010
Up in the air
Solemos pensar en George Clooney y nos limitamos a ver en él una cara bonita, unas canas bien colocadas, una perfecta sonrisa, un rostro que a menudo transmite una suerte de cinismo, como el que rezumaría un gigoló de alto standing después de una cita amorosa, siempre elegante, pero gigoló al fin y al cabo.
Y la verdad es que, lejos de esa imagen estereotipada, se ha convertido poco a poco en un actor respetable con un puñado de títulos en los que no sólo no sale malparado sino en los que ha desplegado una imprevista vis cómica, una expresividad despojada de aspavientos y a un alto nivel de intensidad, que hacen de él, además de un tío guapo, un buen actor.
Una de esas buenas interpretaciones nos la brinda en la última Up in the air, filme del jovenzuelo director de Juno, Jason Reitman. Según los carteles de la película, esta es The story of a man ready to make a connection o lo que es lo mismo, la historia de un hombre preparado para una conexión (aunque esa no sea la traducción literal de "connection"). Un tipo cuyo trabajo consiste en despedir a gente por todo el país, para evitarle la desagradable tarea a sus jefes. Y al que un buen día le ponen una compañera bisoña a viajar con él, para aprender el oficio. Un hombre solo que no sabía que lo estaba y que se pasa la vida entre aeropuertos, hoteles y coches de alquiler.
Sólo puedo decir que aunque lo parezca, no es una película obvia. De ritmo irregular, con momentos de buena comedia que desembocan en un final entre ácido y amargo y totalmente inesperado. Y Clooney tiene dos compañeras a la altura de las circunstancias, una de las cuales, como el propio Clooney, está nominada a los Oscars 2010 (la película acumula 4 nominaciones...).
Y la verdad es que, lejos de esa imagen estereotipada, se ha convertido poco a poco en un actor respetable con un puñado de títulos en los que no sólo no sale malparado sino en los que ha desplegado una imprevista vis cómica, una expresividad despojada de aspavientos y a un alto nivel de intensidad, que hacen de él, además de un tío guapo, un buen actor.
Una de esas buenas interpretaciones nos la brinda en la última Up in the air, filme del jovenzuelo director de Juno, Jason Reitman. Según los carteles de la película, esta es The story of a man ready to make a connection o lo que es lo mismo, la historia de un hombre preparado para una conexión (aunque esa no sea la traducción literal de "connection"). Un tipo cuyo trabajo consiste en despedir a gente por todo el país, para evitarle la desagradable tarea a sus jefes. Y al que un buen día le ponen una compañera bisoña a viajar con él, para aprender el oficio. Un hombre solo que no sabía que lo estaba y que se pasa la vida entre aeropuertos, hoteles y coches de alquiler.
Sólo puedo decir que aunque lo parezca, no es una película obvia. De ritmo irregular, con momentos de buena comedia que desembocan en un final entre ácido y amargo y totalmente inesperado. Y Clooney tiene dos compañeras a la altura de las circunstancias, una de las cuales, como el propio Clooney, está nominada a los Oscars 2010 (la película acumula 4 nominaciones...).
3 de febrero de 2010
Cuero, seda y aceros.
Ved a estos caballeros, soldados, mercenarios...un capitán, un teniente y sus huestes de las milicias. Se reúnen, hablan y esperan, en algunos casos tranquilos, en otros más inquietos, en conjunto desafiantes, lanzas y pendón en ristre, en el año de gracia de 1633, cuando la monarquía española extendía su imperial dominio que no tenía fina y descargaba toda su furia en Flandes.
Un fondo neutro; un rayo de luz iluminando la escena, desde algún ojo escondido; y un estallido de ocres, platas, amarillos y azules sobre la escrupulosa rigurosidad de los atuendos negros delicadamente rematadas por cuellos blancos de hilo o de organza plisada, como palomas a punto de echar a volar.
En este cuadro la pincelada se funde, desleida y transparente. De cerca, en la proximidad, las caras y manos se vuelven manchas sin sentido, el negro no es uno sino muchos teñidos de matices, y las bandas de seda se rematan de montones de puntitos dorados. En este cuadro el cuero de los borceguíes reluce y las botas huelen; los cabellos son suaves y los ojos brillan, anticipando la excitación lejana del rugir de la batalla. Tensa espera, calma expectante, sonrisas aparentemente relajadas escondiendo un crujir de dientes y un rictus desencajado, tratando de disimular el miedo.
Pocas veces he experimentado una sensación semejante delante de un lienzo.
La impresionante tela, de 4 metros y medio por 2 metros, es La compañía del capitán Reijnier Reael y el teniente Cornelis Michielsz Blaeuw, retrato colectivo de Frans Hals y Pieter Codde, un préstamo del Rijksmuseum de Ámsterdam al Museo del Prado, donde estará para nuestro gozo, hasta el próximo 28 de febrero.
17 de enero de 2010
Tiempos muertos
A veces los domingos, o para ser sincera, muchos domingos, me gusta remolonear un poco en la cama. Tapada hasta la cabeza por sucesivas capas de mantas, como sumergida en un gran milhojas de lana, raso y algodón, lentamente me desperezo un poco, me giro a la derecha y abro despacio un ojo para mirar el reloj y recordar con regocijo que hoy no me debo al mundo, sino sólo a mí misma, y que no importa la posición de las manillas, si hay luz o no, si llueve, hace sol o el planeta se derrumba. Estoy en ese cómodo lecho sin nada mejor que hacer que decidir si me subo al tren o no.Los domingos recupero mis ritmos naturales, lo cual se me antoja la mejor recompensa de la semana.
Con pereza o sin ella, mi único reclamo son mis urgencias físicas. Despertarme cuando ya no tengo sueño. Desayunar fuerte, cuando el hambre aprieta. Darme una larga ducha de agua caliente y debajo de ese grifo volver a la consciencia atenta sólo a lo más primario, con el pulso lento de mi corazón bombeando sangre espesa como un tambor ceremonial. Tumbarme en el sofá a mirar al techo. Pasear despacio por la casa, arrastrando los pies, morosamente, sin prisa alguna.
Las tareas domésticas adquieren un perfil algodonoso lejos de lo obligado. Hacer la colada puede ser un momento de suspendido relax cuando, en días neblinoso como el de hoy, subo a la azotea y miro alrededor cúpulas y torres azuladas con ojos acuosos.
Cocinar en fin de semana, más que preparar alimentos se vuelve un instante de alquimia. El desayuno dominical es un rito meticuloso, una ofrenda que como humilde servidora de mi cuerpo yo me hago, y el café huele mejor que nunca, y el pan nunca estuvo tan crujiente.
Me gusta oir la radio mientras desayuno y distraerme en mis ensoñaciones mientras las voces de los contertulios pierden nitidez e incluso sentido.
Me gusta leer el periódico a la hora del aperitivo, con la música de bossa nova sonando en el reproductor de cedés. Bajo a comprar el diario y en el breve paseo, que no logra sacarme de la alienación, me cruzo con entrañables parejas de ancianos que van de la mano; con familias de inmigrantes con tres o cuatro churumbeles; con jubilados del barrio de toda la vida que se paran a pegar la hebra; con gente normal que sale a comprar el pan. El periódico liso como una sábana, crujiente como la corteza de una barra de pan, se deja dócilmente a mis dedos, se abre entre retazos de desgracias e historias humanas que parecen cuentos para niños.
Me gusta comer con vino tinto, sentada en el suelo de madera y con los pies descalzos, y un poquito embriagada, sestear sin propósito en el sofá según el día transcurre y se oscurece, según se desliza por la pendiente, sin remedio, hacia un seco y áspero lunes de ritmos ajenos.
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