30 de noviembre de 2009

Autodefinido


26 de noviembre de 2009

Los condenados al olvido

El otro día me refería a Henri Fantin Latour como ejemplo de gran artista eclipsado por  la obra de sus contemporáneos. Su clasicismo estaba en las antípodas del impresionismo, que irrumpió en el panorama pictórico con una fuerza  tal que acabó por demoler todos los obstáculos y el feroz rechazo de la crítica. Fantin fue siempre un incomprendido, denostado en su estilo contracorriente. Y nunca ha alcanzado la celebridad que por sus méritos debiera.

     Vemos muchos casos similares a lo largo de los siglos. Y pienso en artistas, escritores, científicos y también en deportistas. De todos ellos tenemos numerosos ejemplos, de talentos pulidos que nunca tuvieron brillo. O que lo tuvieron pero la Historia, caprichosa, les privó de su favor.

Juan Bautista Maíno fue un pintor más que notable en una época,  para su desgracia, de genios. Apreciado en su momento, sucumbió al opaco velo que el paso del tiempo arroja sobre todos y sobre todo.
Nacido en Pastrana, vivió en Madrid la mayor parte de su vida, y pasó largas temporadas en Italia donde adquirió los rasgos propios de su pintura: el uso de unos colores vivos, deslumbrantes; el gusto por el claroscuro de Caravaggio; la idealización de las figuras femeninas; la propensión al detalle minucioso y realista en la representación de los objetos. Todo ello complementado por una aproximación al paisaje que nos recuerda a los pintores flamencos y una forma de enfrentarse al retrato que se balancea delicadamente entre lo español y lo holandés. Estas circunstancias hacen de Maíno un pintor difícil de catalogar (de hecho, durante mucho tiempo se creyó que era natural de Italia), pero cuyas obras son un verdadero gozo para los sentidos.

Supongo que este era el objetivo de la espectacular exposición antológica que podemos ver en El Prado hasta el 16 de enero.






22 de noviembre de 2009

Cornisas


Al igual que en otras grandes ciudades, cuando paseas por esta vieja y  (urbanísticamente) maltratada Madrid, resulta habitual cruzarse con personas que van mirando hacia el suelo. Mirarse a la cara puede generar incomodidad. O parecer descarado. Unos escuchan música absortos en su propio mundo. Otros hablan por teléfono sin manos, como zombies escapados de una dimensión paralela. Algunos más se camuflan detrás de unas gafas de sol, demostrando su aparente desprecio a los demás. Pero de entre los casuales viandantes solitarios, gran parte de ellos miran abajo, no se sabe si en un ataque de vergüenza, para admirar las losetas u observando la punta de sus zapatos. Aunque lo más probable es que sorteen las zanjas y los agujeros para no romperse la crisma.

Entre tanta barahúnda de gente que transita ignorándose, yo siempre voy mirando, como una lunática, hacia arriba. Me gustan las azoteas. Me gustan los puentes. Y también me gustan las cornisas y los remates de los edificios, en un ejercicio que no es sino una forma de mirar las azoteas, desde abajo. Quizás la arquitectura de los edificios de viviendas que plagan nuestras barriadas carezca del más mínimo interés. Pero no ocurre lo mismo en las zonas históricas de la ciudad.

Los edificios del XIX y del XX que abundan en Chamberí, en el distrito de Salamanca y en la zona centro parecen fosilizarse ante los ausentes ojos de los indígenas. Sus fachadas llenas de frontones, casetones, óculos, ventanas y columnas, en eterno movimiento, languidecen atropelladas por la velocidad de los tiempos modernos donde la funcionalidad le ganó el pulso a la estética.  

En la Gran Vía, allá en las alturas que los mortales no podemos ni soñar, existe una  fauna de piedra y bronce única en su especie, que escapa a todo entendimiento. Un olimpo de dioses, ángeles y héroes que, divertidos intrigados, como entomólogos diseccionado una cucaracha, burlones incluso, observan nuestros vanos ires y venires de seres pequeñitos y apresurados.

No se esconden, sólo hay que levantar la cabeza para mirarlos, allá donde nunca nadie mira.