26 de noviembre de 2008

Madrid, capital del infierno, antesala de la gloria

He tenido la oportunidad de visionar el video que a continuación inserto, en un blog en el que acabé por casualidad. Tiene un pulso rápido como el de Madrid, una ciudad a la que muchas personas amamos pero de la que a veces necesitamos huir para llegar a añorarla. Yo llevo toda mi vida aquí y la siento como un veneno inoculado en las venas. Reconozco sus incomodidades, la agresividad, las prisas, una cierta despersonalización, una cierta chulería, una cada vez más habitual mala educación. 

Pero no hay otro cielo tan azul ni tan pulido, ni una luz tan blanca y cortante, no hay otra alegría en la calle, ni ese tapeo entrañable, la extroversión y los benditos rincones recoletos, ni tantas ciudades escondidas dentro de una sola. Se nota que me encanta? Hay que saber mirarla.  

4 comentarios:

Madame Tafetán dijo...

Ays, me ha llegado al alma. A mí también me pasa lo mismo con Madrid y de hecho yo también le dediqué una pequeña entrada en mi blog, sobre esa extraña manera que tiene de absorber gente que viene, sin que se den cuenta, y que cuando luego se van a sus ciudades no se acomodan al ritmo. Qué chulada de video

Introspectre dijo...

Enamorados de Madrid, está claro... :-)

M dijo...

Gracias a los dos, me encanta que me hagáis comentarios (la gente no se prodiga mucho por aquí, voy a tener que desarrollar una estrategia más agresiva...). Por cierto, Instrospecte, aprovecho la presente para agradecerte públicamente el haberme descubierto este video en tu blog http://wilsoke.blogspot.com/

Aurora dijo...

Un paseo por Madrid. 28 de mayo.

Madrid estaba gris cuando entré por la boca del metro, pero cuando llegué a Banco de España, salida Paseo del Prado, y comencé a subir las escaleras que me conducían a la diosa Cibeles, que se encuentra parada admirando el palacio de comunicaciones en una plaza tan bella que no me extraña que quedase petrificada de la impresión, el sol salió a saludarme. Y esos rayos produjeron luminosos destellos sobre las flores que brotan en los jardines y sobre las almas de los caminantes que se movían con prisa sonriendo y mirando al cielo, como dándole las gracias por una tregua. El sol de Madrid es lo que tiene.

Cuando terminé las gestiones que me esperaban en el número seis de la calle Montalbán, paré un momento en el quiosco de información turística y pedí un folleto de la exposición que sobre Alphonse Mucha ha organizado Caixa Forum hasta agosto. Pensando en cuál sería el mejor momento para hacer esa visita, crucé de nuevo la plaza de la bella diosa y me encaminé por la calle de Alcalá, andando la acera de la izquierda según se va hacia Sol, pasando por la puerta del Banco de España, donde ayer eché la tarde, hasta la esquina de Marqués de Casa Riera, donde hay una librería catalana en la que entré atraída por los libros que, desde los escaparates, reclamaban mi atención.

Y como soy una mujer débil y fácil de convencer cuando los que me están arrullando son mis pensamientos, sucumbí al deseo, agarré El Palau de la Música, La Pedrera, El Parque Güell y la Casa Milá, además de un diccionario de polaco para viajeros que me pareció gracioso y me los llevé conmigo de paseo por Madrid.

Cuando salí de la librería estaba diluviando. Cómo se va a poner la ropa que tendí esta mañana! - pensé. Al llegar a Sevilla, crucé al otro lado de la calle, eché un vistazo hacia el interior del Casino para atisbar su alfombra roja extendida hacia la majestuosa escalera y continué hasta la puerta de la Real Academia de Bellas Artes pensando que si no había demasiadas personas quizás podía entrar a dar una vuelta… pero estaba impracticable. En esta época Madrid se llena de turistas hambrientos de arte, de historia, de pasado y deseosos de sol, a juzgar por sus veraniegos atuendos, poco apropiados para la tormenta que en esos momentos estaba descargando sobre la ciudad.

El paseo continuó hacia Sol, donde Carlos III subido en su corcel mira pasar el tiempo en ese reloj que cada treinta y uno de diciembre nos anuncia un nuevo año. A sus espaldas, dos pequeñas fuentes en las que se sientan numerosas personas –ahora que ha escampado - y la osa apoyada en el madroño en la entrada de la calle del Carmen.

Encaminé Arenal arriba hacia Opera. Paré en Viena Capellanes a tomar un zumo de naranja recién exprimido, dulce y a la vez ácido, uhmmm, tan fressscoo…y cogí el autobús que me llevaría hasta casa, donde me esperaban experiencias más prosaicas, necesarias para subsistir, pero que tan poco aportan a nuestro espíritu.