9 de septiembre de 2009

Albi la Roja

Este verano he tenido la oportunidad de pasar unos días de vacaciones en el sur de Francia, en Midi-Pyrénnées y en el Languedoc.

El país del catarismo me atraía desde que leí la Historia del rey transparente de Rosa Montero, un libro fascinante sobre ese período tan complejo y atractivo como es la Edad Media, y unos personajes que rompen convenciones. Así que este año, atraidos por las historias bélicas, de castillos y de magia, nos fuimos para allá.

Hemos visto fortalezas inexpugnables situadas en picos que parecían a punto de derrumbarse. Abadías y monasterios que conservaban rastros evidentes de pasados esplendores. Pueblos maravillosos, tranquilos, por los que parece no haber transcurrido el tiempo. Y ciudades, lugares que todo el mundo debería visitar alguna vez. Albi es uno de esos lugares.

La Roja, la llamaban en sus tiempos. Será por el ladrillo o el cálido y ardiente color que sus casas y edificios adquieren cuando cae el sol, que pega de lo lindo. Me encantan las ciudades a las que apelan "la roja", la Alhambra, Albi, Marrakech... Albi es bonita y pintoresca. Tiene muchas casitas medievales, de adobe con vigas vistas de madera que le dan un barniz medieval a sus callejuelas. La ciudad se asoma descarada pero serena al Tarn, lo algo que se aprecia según nos aproximamos a la villa y que propicia un "oh" espontáneo ante la mole de Santa Cecilia.

Santa Cecilia no es una catedral al uso. Es llamativa de lejos, por sus dimensiones y su apostura desafiante. De cerca, de cerca es aún más extraña. Parece un rascacielos de ladrillo, sólida e inconmovible. Una fortaleza sin puntos débiles, sin puertas ni ventanas, diferente a todas las catedrales que haya visto con anterioridad. Construida de esta forma en un siglo XIII (1282) en el que la Iglesia Católica lanzaba una cruzada para la eliminación del catarismo en el Languedoc y en el que Albi jugaba un papel determinante, como sede de unos de los obispados cátaros. Santa Cecilia choca al estar junto a ella pero impresiona cuando estás dentro. Enteramente pintada con pinturas a la italiana, trampantojos, grisallas, tondos, motivos vegetales y otras decoraciones que no dejan ni un espacio vacío de paredes, techos o bóvedas. Y la mejor colección de escultura gótica que al parecer, se encuentra en Europa. Santa Cecilia desconcierta, maravilla y no se olvida.

La ciudad no obstante, cuenta con otros atractivos para la visita. Merece la pena pasear por la ribera tranquila del río. Merece la pena cruzar alguno de los puentes para ampliar la perspectiva e hincharse a tirar fotografías. Y merece la pena visitar el palacio fortificado de la Berbie y el museo que este cobija. Porque no olvidemos que Albi, era la ciudad natal de Toulouse-Lautrec.



2 comentarios:

Madame Tafetán dijo...

Albi me encantó. Supongo que no podrías ir a Sarlat, ¿no? (se desvía un poquito de la zona)

M dijo...

Tiene gracia que digas lo de Sarlat...Sarlat lo visité en un viaje anterior a la zona de la Dordogne...estuve allí cuatro o cinco noches y aparte de ser epatante como pueblo medieval, estaba animadísimo las noches del mes de agosto...
si, Sarlat es otra de esas ineludibles visitas de Francia, creo yo... :)